
Соняшникові поля Донеччини
Los campos de girasoles de Donetsk
Resumen
| Título original | Соняшникові поля Донеччини |
| Compositor | Masakazu Shiokawa |
| Año de composición | marzo de 2026 |
| Instrumentación | Piano solo |
| Duración | aproximadamente 5 minutos |
| Editorial de partitura | LesClefsOffice co.,Ltd. |
| Gestión de derechos de autor | LesClefsOffice co.,Ltd. |
Descripción de la obra
Esta obra es una nueva pieza perteneciente a la colección Bocetos de estaciones y paisajes, una serie de pequeñas composiciones escritas bajo el tema de “piezas evocadoras para pianistas de manos pequeñas que no pueden alcanzar fácilmente las octavas”.
En marzo de 2026, momento en que se completó esta obra, la guerra entre Rusia y Ucrania —iniciada en febrero de 2022— continúa sin vislumbrarse su final y se ha convertido en un conflicto prolongado. Al principio, el ejército ruso aparecía como la fuerza invasora dominante. Sin embargo, con el paso de los años, las fuerzas ucranianas han perfeccionado sus tácticas y han respondido con contraataques cada vez más eficaces, lo que ha provocado enormes pérdidas humanas. Esta pieza fue concebida con ese trasfondo trágico, centrándose en la historia de un solo soldado atrapado en medio de la guerra.
La duración aproximada es de menos de cinco minutos. A lo largo de la obra domina un ostinato grave en la mano izquierda, sobre el cual se mueve una línea melódica fluctuante en la mano derecha. A partir de la sección central, el uso del cromatismo y del tritono —conocido a veces como el “intervalo del diablo”— incrementa progresivamente la tensión musical. En la segunda mitad, el tema principal adquiere mayor peso mediante acordes más densos, lo que aumenta ligeramente la dificultad interpretativa. En la conclusión, el tema reaparece brevemente como una línea melódica simple, como si fuera un recuerdo fugaz, antes de desvanecerse. La obra termina citando el antiguo himno nacional de la Unión Soviética, cerrando la pieza con una atmósfera de profunda desesperación.
Como epígrafe se cita una frase atribuida a una mujer ucraniana que, al inicio de la guerra, se dirigió a soldados rusos que avanzaban hacia la región de Jersón:
«Llévense estas semillas y pónganlas en sus bolsillos. Al menos, cuando caigan aquí, crecerán girasoles.»
Estas palabras se difundieron ampliamente en los medios como símbolo de la profunda diferencia de percepción entre los soldados rusos —que creían participar en una operación para “liberar” a la población local— y los civiles ucranianos que vivían allí.
No se sabe qué ocurrió con el soldado que tomó aquellas semillas. Sin embargo, en los actuales frentes de combate —especialmente en la región de Donetsk— más de treinta mil personas resultan muertas o heridas cada mes. No es imposible imaginar que, tal como decía aquella mujer, algún día crezcan plantas sobre la tierra donde cayeron los soldados.
Pero incluso si esas flores fueran girasoles —una flor que suele simbolizar el amor—, ¿cómo deberíamos mirar esas flores?
Historia de fondo de la obra
En las llanuras de Donetsk, donde el aire del frente está impregnado de muerte, un joven soldado ruso se oculta entre plantas altas que se mecen con el viento. Había oído que quienes sobrevivieran al servicio recibirían una considerable recompensa, y con esa esperanza —y un pequeño sueño de futuro— se lanzó al campo de batalla.
Había viajado muy lejos hacia el oeste desde su pueblo rural, un lugar del que nunca había salido en su vida. Su misión era simple: avanzar y destruir al enemigo. Cada vez que apretaba el gatillo se repetía que no lo hacía solo por dinero, que al menos era una operación destinada a ayudar a compatriotas oprimidos. Así intentaba silenciar la culpa que surgía en su interior.
Su abuelo le había contado innumerables historias heroicas de la época soviética, por lo que siempre había supuesto que el ejército ruso, heredero de aquel poder, aplastaría fácilmente a sus enemigos.
Pero el campo de batalla resultó ser un infierno mucho peor de lo que había imaginado. La información que llegaba a su unidad era tan confusa que a veces ni siquiera sabía si el enemigo al que se enfrentaban era humano o una máquina.
Siguiendo órdenes, avanzaba hacia un punto señalado mientras evitaba por pura suerte una lluvia de morteros. Un compañero que marchaba con él había volado por los aires tras pisar una mina apenas unas horas antes —a pesar de que nadie les había advertido de su existencia.
El miedo y la adrenalina confundían sus emociones. Conteniendo el temblor de su respiración, observó con cautela desde los matorrales. Solo escuchaba su propio aliento, los latidos de su corazón y el viento entre los árboles. En el horizonte, en la dirección de su objetivo, reinaba un silencio inquietante.
Salió de la maleza y se acercó a lo que parecía un edificio en ruinas. Justo cuando intentaba entrar, un zumbido desagradable estalló de repente detrás de su cabeza. Al girarse—
algo explotó.
Su cuerpo salió despedido. El polvo se levantó en el aire. Su visión giraba sin control, pero extrañamente no sentía dolor.
En un instante, toda su vida pasó por su mente: la casa pobre pero bulliciosa donde había crecido con su numerosa familia, las noches recorriendo la ciudad con sus amigos y una botella de vodka, las palabras de disculpa que nunca llegó a decirle a la novia que dejó atrás tras una pelea.
Tal vez su vida había sido simple, pero no había estado tan mal. Solo ahora pensaba: ¿por qué había terminado así?
Justo antes de perder la conciencia, vio un campo de girasoles. Decían que la tierra allí era fértil, ideal para la agricultura. ¿Su propio cuerpo acabaría también alimentando esa tierra, haciendo crecer flores como esos girasoles?
Su cadáver quedaría tendido junto a los restos de un edificio derrumbado. Nunca regresaría a su hogar.
Más allá de los escombros, el fantasma de la Unión Soviética parecía contemplar en silencio el cuerpo del soldado caído.
—El último momento de un soldado
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